El sufrimiento y el dolor. Cuestión de actitud.

No existe una vida sin sufrimiento y dolor. A través del sufrimiento aprendemos a valorar lo que tenemos y a ser más comprensivos con los demás, pero ¿qué sentido tienen el sufrimiento y el dolor?, ¿realmente nos fortalece? y ¿la actitud que tengamos puede ayudarnos a sobrellevarlo?

El sufrimiento es parte de la vida. 

Todas las personas a lo largo de su vida experimentan el dolor y el sufrimiento en diversas ocasiones. Todos hemos sentido alguna vez la enfermedad, la soledad, el fracaso, la humillación, etc. Nadie está a salvo del sufrimiento, ni siquiera aquellas personas que se sienten felices y afortunadas, ya que forma parte de nuestra vida. Por tanto, no podemos negar que el sufrimiento es inherente al ser humano.

En relación con esto, el sufrimiento hace que el ser humano tome conciencia de sus limitaciones ante la vida. De que no todo depende de él, sino que existen imprevistos que hacen que su vida cambie completamente.

De esta manera, cuando estamos sufriendo y/o padeciendo dolor, lo vemos como un mal en sí mismo, sin sentido alguno. Así, puede parecer imposible vislumbrar lo positivo que podemos sacar de él, ya que no podemos comprender el porqué o el para qué del dolor y del sufrimiento. Sin embargo, si no es demasiado prolongado saldremos fortalecidos, pues nos sirve de impulso para crecer ante las dificultades y vencer los obstáculos y temores que antes parecían imposible de superar.

Por otro lado, hemos de destacar que cuando pasamos por momentos difíciles que nos hacen sufrir, tendemos a reflexionar y profundizar sobre nuestra propia vida. Nos sentimos pequeños y vulnerables y esto, entre otras cosas, nos hace ser más sensibles y comprensivos ante el sufrimiento y las necesidades de los demás.

Actitudes ante el sufrimiento.

Las actitudes que podemos tener ante el dolor y el sufrimiento son básicamente las siguientes:

  • Aceptarlo. Normalmente ante una mala noticia o una contrariedad que nos suponga dolor, necesitamos tiempo para asimilarla y aceptarla. Si lo aceptamos con serenidad y con aplomo, además de solucionar los obstáculos que dependan de nosotros, nos habremos superado a nosotros mismos en situaciones que tal vez nos creíamos incapaces de soportar.
  • Rechazarlo. Tratar de evitar el dolor es adentrarnos aún más en el sufrimiento, es prolongarlo. No podemos pretender creer que aquello que evitamos, porque nos hace sufrir, no existe. Hemos de afrontarlo cuanto antes y tratar de solucionarlo.
  • Desesperarnos. Es normal que cuando una persona está sufriendo, bien por problemas familiares, o por una enfermedad, por la pérdida de un ser querido, etc. se sienta débil y con una profunda tristeza. Es normal, por tanto, que proteste, llore, grite o se enfade. Sin embargo, lo que no puede ocurrir es que se desespere y no sea capaz de salir de la situación que le hace sufrir, destruyéndose y siendo la desesperación la causa de que el sufrimiento sea constante en su vida impidiéndole, además, aprender algo constructivo de todo ello.

Cómo ayudar a quien sufre.

Puede ocurrir que deseemos ayudar a una persona que está sufriendo y no sepamos qué debemos hacer. Incluso, a veces, puede que nos hayamos mantenido al margen, aunque esté esperando nuestra ayuda, porque nos hemos sentidos inseguros y sin saber cómo actuar.

Lo que no debemos hacer es comparar su situación con otras parecidas por las que nosotros hemos pasado, ni minimizar su problema con frases como: “Podría haber sido peor”, “en el fondo has tenido suerte” ni tampoco debemos decirle cómo debe sentirse ante la nueva situación. Para ayudar, es mejor tratar de escuchar, ponernos en su lugar para intentar comprender a la persona que sufre, sentir su dolor, su temor y su rabia, pero, sobre todo, estar con esta persona compartiendo esos momentos dolorosos por los que está pasando, cuidándola y tratando de aliviarle la pena.

El sufrimiento saca lo mejor de nosotros mismos. Por eso, cuando vemos a un amigo o un familiar que está sufriendo, no debemos dudar en ayudarle. Nuestra sola presencia con el cariño y el amor que le podemos dar, puede hacerle este trance más llevadero.

Sufrimiento y madurez.

El sufrimiento, aunque no es agradable ni deseado, lleva a una maduración de la personalidad. En las diferentes formas en que se puede presentar, nos produce un pesar y un dolor que nos hace reflexionar sobre nosotros mismos y sobre nuestra propia vida, y a considerar todo lo que nos acontece.

En situaciones extremas o en el caso de enfermedades graves, hace que nos preguntemos sobre el sentido de la vida y de la muerte, dándonos cuenta de que todo tiene un fin y que nuestra vida también. Es entonces cuando aprendemos a valorar lo que tenemos, dando prioridad a lo que realmente tiene importancia y aprendiendo también a ser más comprensivos y generosos con los demás.

Las personas que tienen un sentido transcendente de la vida también se lo dan al dolor y al sufrimiento. Su fe les ayuda a llevarlo con más entereza ya que, en este sentido, desde la creencia y la fe hay más recursos y posibilidades para gestionar el dolor y el sufrimiento.

¡Un saludo!