¿Quién tiene que estudiar en casa?

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¿Quién tiene que estudiar en casa? La pregunta es sencilla  y la respuesta, mucho más. Pero no te creas que los padres lo tenemos tan claro, y ejemplo de ello es que una gran cantidad de padres se sienta cada tarde con sus hijos a hacer los deberes para el día siguiente. De tal manera que muchos de ellos se han convertido en una especie de entrenadores personales o coaches a tiempo completo, preparando codo a codo con sus hijos exámenes, trabajos y demás requerimientos académicos.

Estudiar con los hijos, o bien, ayudar a los hijos a hacer los deberes o no, esa es la cuestión. Al respecto, podemos argumentar que el hecho de que un padre estudie o haga los deberes con su hijo no es malo, a priori. Es cierto y, como en todos casos, la clave está en la dosis. En consulta me he encontrado con varias situaciones de “padres-hijos-deberes” como las que siguen: una madre me decía “es una batalla; cada tarde, hasta que se sienta a hacer los deberes, acaba con mi paciencia”. Otro padre señalaba con respecto a su hijo que “si intento no sentarme con él, viene detrás de mí insistiendo hasta que me pongo”.

No te confundas: que no hagas los deberes con tu hijo no significa que seas mal padre/madre.

Hace algún tiempo se hizo muy famoso (viral) un post que publicó una madre con el atractivo título “Me niego a ser la agenda mi hija por el whatsapp”. El post corrió como la pólvora porque, entre otras cosas, esta madre puso por escrito lo que muchos padres piensan respecto a los deberes escolares. Tema que, por cierto, cada vez está tomando mayor dimensión en el sistema educativo de nuestro país, hasta el punto de que ya hay varias asociaciones de padres y de profesionales de la educación que abogan por regular los deberes y, llegado el caso, suprimirlos en algunas etapas educativas.

Pero volvamos a lo que no ocupa. Insistimos: no te confundas, que no hagas los deberes con tu hijo, no significa que seas un mal padre/madre. Es evidente que el tema de los estudios y los deberes escolares es una de las mayores preocupaciones que muchos padres tienen en estas edades. La razón de este interés, que se traduce en interés por las notas y suspensos, reside en que los padres consideramos que el éxito académico de los hijos es un buen antídoto para calmar los temores por el futuro, y  por otra parte porque también creemos, erróneamente, que las notas van asociadas a la idea, al sentimiento, de ser buenos padres. Es como si las notas trimestrales realmente no evaluaran el trabajo realizado por nuestros hijos, sino nuestra pericia como educadores. Nada más lejos de la realidad, por cierto.

Está demostrado que la implicación, el interés y la actitud de los padres ante los estudios de sus hijos influyen positivamente en la conducta de los hijos frente a los estudios. Implicación y actitud no deben de confundirse con padres haciendo de agenda, ni haciendo de profesores particulares de sus hijos, ni, lo que es peor, de padres haciendo las tareas de sus hijos.

Estudiar es un Hábito.

Estudiar es un hábito, como lavarse los dientes después de comer o hacer la cama antes de irse al colegio. Y un hábito no se adquiere de la noche a la mañana, requiere práctica y más práctica. Además, los hábitos están influidos por las características peculiares de la persona que lo realiza, así como de la dinámica relacional que se establece entre la persona que debe generar el hábito y aquella/s que ayuda/n en la consecución y consolidación de dicho hábito.

Por ello, en cuanto al tema que nos ocupa de quién debe estudiar en casa, el papel de los padres es el de inculcar ese hábito, el de señalar que es el momento de realizar ese hábito, el de facilitar que se pueda realizar y el de reforzar su ejecución. Y dejar claras también cuales son las consecuencias que tienen para nuestros hijos la práctica, o no, de dichos hábitos. Consecuencias que necesariamente tienen que ser de aquí y ahora (pérdida de privilegios) y no esas vaguedades del futuro del tipo: “vas a ser un desgraciado”, “un fracasado”o un “don nadie” que, por lo general, asustan más a quién lo dice que al que lo escucha.

La clave: desarrollar la autonomía.

Hay muchos padres que han permitido que sus hijos se acostumbren a estudiar en su compañía, de tal manera que son los hijos los que dicen eso de “mamá, venga a estudiar”, y los padres nos quedamos con unas ganas de decirles eso de “que me dejes”.  Pero allí estamos, sentados a su lado, leyendo la lección, explicándola, desmenuzándola , y de esta manera puede que nuestros hijos aprueben, o no, pero no aprenden a estudiar. Aprenden a que les resumamos las ideas más importantes, aprenden a que les busquemos la información relevante, aprenden a aprobar, pero también les enseñamos  que ellos solos no pueden, les enseñamos a ser dependientes, a sentirse un tanto incapaces.

En este sentido, ¿cuál es nuestro objetivo como padres?, ¿que nuestros hijos sean autónomos en el estudio o que aprueben el próximo examen? Si queremos que sean autónomos tendremos que dar los pasos para que nuestros hijos se responsabilicen de que estudiar es una tarea que les compete, fundamentalmente, a ellos. Si, por el contrario, lo que queremos es que aprueben el examen cercano, pues entonces tendremos que ponernos a estudiar con ellos.

Más desventajas de estudiar/hacer los deberes (siempre) con los hijos.

No lo hemos comentado, pero el que los padres tengan el hábito de sentarse con los hijos a hacer los deberes por las tardes tiene más desventajas, además de la ya apuntada de impedir que los chicos desarrollen su autonomía.

Estas otras desventajas van en la línea de que, en general, los niños suelen estar saturados tras ocho horas en el colegio, y a ninguno le apetece seguir haciendo más deberes en casa. Poniéndonos en su lugar, es como cuando los adultos hemos de seguir trabajando al llegar a nuestro hogar. Como podéis imaginar, este contexto no es el más adecuado para ponernos a estudiar juntos, sobre todo porque la confianza que se tiene con los padres permite a los niños remolonear mientras a éstos se les va agotando la paciencia y la energía. Todo lo cual puede generar, en muchas ocasiones, un montón de conflictos, donde los padres acaban desesperados, lanzando sentencias admonitorias del tipo: “atiende”, “no te enteras”, “así no”. Total, que acabas “de los nervios”.

Otro gran inconveniente es que, al final, por puro desespero los padres acaben por optar por la vía rápida de: “venga que te ayude, o no vas a terminar en la vida”. Es verdad, los padres visten más rápido, dan de comer en menos tiempo, ayudan a terminar las tareas antes, pero todo esto a costa de “inutilizar” a nuestros hijos.

Llegado el caso: busca ayuda profesional.

Llegados a este punto, hay que dejar bien claro que, como padres de escolares, podemos responder dudas a nuestros hijos y ayudarlos en temas eventuales; faltaría más. Pero nunca, nunca, nunca llegar a adquirir el hábito de sentarse con ellos a hacer sus tareas.

Existe algo mucho más: si veis que vuestros hijos tienen algún problema con quehaceres escolares que no son capaces de solucionar por ellos mismos, buscad ayuda profesional. Si os lo podéis permitir, contratad durante unas semanas a un profesor particular. Si no disponéis de los recursos económicos, intentad acordar con alguien este tipo de ayuda, bien proponiendo algún tipo de intercambio, algo parecido a los bancos de tiempo, o bien solicitando esa ayuda en alguna organización.

Este tipo de ayuda más profesionalizada no sólo sirven a los niños que suspenden o tienen problemas escolares. Son profesionales independientes (no papá o mamá) que pueden ayudar al niño a aprender la técnica y la planificación necesaria para ir consiguiendo su propia autonomía en su responsabilidad principal: estudiar.

Por tanto, volvemos a preguntar: ¿Quién tiene que estudiar en casa? Pues cada uno a lo suyo.

Os animamos a compartir vuestros comentarios y opiniones.

¡Un saludo!

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