Sentirse solo. Sentirse sola.

soledad

Seguro que alguna vez has escuchado a alguien decir algo así: “Tengo una familia que me quiere y muchos amigos… pero me siento solo/a”. Parece una paradoja, y así es: el sentimiento de soledad puede responder a la paradoja emocional de que uno puede sentirse solo estando acompañando. Y esto ocurre porque hay algo que debe quedar muy claro desde el principio: sentirse solo, no significa necesariamente estar solo.

No es lo mismo estar solo/a que sentirse solo/a.


Una persona puede estar sola y no por ello sentirse sola, sino que se siente acompañada por amigos, familiares u otras personas con las que, aunque no estén con él en ese momento, mantiene una conexión que le hace formar parte de un grupo social y evitan la sensación de soledad. El problema se da cuando nos sentimos solos. Y podemos sentirnos así independientemente de que estemos solos o acompañados, ya que el sentimiento se produce cuando sentimos que no podemos encontrar a nadie con quien con quien nos sintamos identificados, alguien que sea nuestro reflejo como ser humanos. No es necesario que ese alguien sea una pareja, sino que puede ser también un amigo, un profesor o un compañero de cualquier actividad.

Es en este caso cuando la soledad puede convertirse en una emoción devastadora, porque la persona que la experimenta siente que siempre estará sola, que la situación no va a cambiar, entrando en un círculo vicioso en el que, al sentirse incapaz de conectar con los demás, pasa más tiempo solo, lo cual incrementa a su vez la dificultad de relacionarse con los demás. Este proceso sólo terminará cuando se decida a cortar dicha cadena de pensamientos y comience a intentar relacionarse de nuevo con los demás, buscando personas que tengan intereses afines.

¿Qué es la soledad?

Los especialistas consideran que alguien está solo cuando no mantiene comunicación con otras personas o cuando percibe que sus relaciones sociales son escasas, insatisfactorias o demasiado superficiales. Así, el hecho de sentirse solo, es una pandemia moderna que avanza a pasos agigantados.

Y es que, como decíamos, parece que tenemos muchos amigos pero, en realidad, apenas son conocidos. La persona se da cuenta de que está sola cuando no sabe con quién compartir sus emociones, sus tristezas o alegrías, y cae en estados de ansiedad y angustia. Lo deseable es convertir esa alarma en un punto de inflexión y tomar las medidas necesarias para revertir la situación.

Tipos de soledad.

La soledad, salvo excepciones, es una experiencia indeseada y es distinta del aislamiento social. Se distinguen dos tipos de soledad:

  • la emocional o personal, que implica la ausencia de una relación intensa con otra persona que nos produzca satisfacción y seguridad, y
  • la social (carencia de amistades), que supone la no pertenencia a un grupo que ayude al individuo a compartir intereses y preocupaciones. Este tipo de soledad se refiere a la de quien apenas habla más que con su familia, sus compañeros de trabajo y sus vecinos, y es una soledad muy común en nuestra sociedad occidental. En esta situación, nos sentimos incapaces de contactar (con un mínimo de confianza) con quienes nos rodean, tememos miedo a que nos hagan tal o cual cosa, o a que nos rechacen.

Somos seres sociales y necesitamos de los demás, y no sólo para cubrir nuestras necesidades de afecto y desarrollo personal, sino también para afianzar y revalidar nuestra autoestima, ya que ésta se genera cada día en la interrelación con las personas que nos rodean. Sea como fuera, lo que parece bastante claro es que sentirse solo/a, está relacionado con la capacidad (o incapacidad) de las personas para manifestar sus sentimientos y opiniones.

Sentirse solo/a como respuesta adaptada: cuando se sufre una pérdida.

Sentirse solo/a es la respuesta natural y ajustada cuando se ha perdido algo (un trabajo, te mudas a vivir a otro lugar, etc.) o a alguien (separación de la familia o amigos, divorcio, o muerte de un ser querido). Cuando se pierde a alguien, el sentimiento de soledad que, además suele ir acompañado de un profundo dolor, indica la importancia de lo construido y señala el vacío que deja la persona que se fue y el vértigo de tener que seguir a solas. La pérdida es irreemplazable pero no debe ser irreparable. Ese hueco o, mejor, su silueta, quedará ahí, pero si nos permitimos sentir la tristeza y nos proponemos superarla, podremos reunir fuerzas para establecer nuevas relaciones que cubran (al menos parcialmente) ese déficit de amor que la ausencia del ser querido ha causado. Hemos de intentar que la carencia de esa persona no se convierta en una carencia general de relaciones.

Esta soledad es dolorosa, pero puede convertirse en positiva si la interpretamos como oportunidad para aprender a vivir sin quedarnos bloqueados y para generar nuevos recursos y habilidades que nos permitan continuar con nuestra vida.

El valor de la soledad. La soledad deseada.

Tal vez sorprenda pero muchas veces la soledad, y el sentimiento que la acompaña, es deseada y buscada. Y es que hay ocasiones en los que la soledad es deseada como desarrollo personal, fuente de inspiración o de reflexión. En efecto, la introspección es útil para la mejora personal y para la realización de algunos trabajos, como los creativos.

Experimentar soledad y familiarizarse con el sentimiento de estar solo/a, es una excelente manera de conocerse a uno mismo. Por ello todos deberíamos ejercitar con cierta frecuencia la soledad exponiéndonos al sentimiento de estar solos. Ahora bien, no podemos dejar de advertir que, incluso, las situaciones de soledad deseada, entrañan riesgo y peligro. Este riesgo responde al hecho de que el ser humano es social por naturaleza y una red de amigos con la que compartir sentimientos, preocupaciones y anhelos es un cimiento difícilmente substituible para asentar una vida con un desarrollo sano.

Mejor solo/a que mal acompañado/a.

Crecemos entre personas porque nuestra parte social es fundamental y clave en nuestro aprendizaje. Pero esto nos lleva, a veces, a necesitar estar acompañados para cualquier tarea, es decir, a una cierta dependencia de la presencia de los demás. Para evitar caer en esto, deberíamos esforzarnos en enseñar también la importancia de saber estar solo/a, como elemento que nos permita decidir cuándo, para qué y con quién compartir nuestra vida. Los demás nos aportan grandes cosas, nos enriquecen, pero a veces también pueden ser tóxicos y dañinos. Es un gran tópico pero, en ocasiones, realmente “mejor solo/a que mal acompañado/a”.

Un estado transitorio, nada más.

El sentimiento de soledad es una situación que hemos de aspirar a convertir en transitoria y que conviene percibir como no forzosamente traumática. Podemos cambiarla en un momento de reflexión, de conocernos a fondo y de encontrarnos sinceramente con nuestra propia identidad.

Hay un tiempo para comunicarnos con los demás y otro (que necesita de la soledad) para establecer contacto con lo más profundo de nosotros mismos. Hemos de “hablar” con nuestros miedos, no podemos ignorarlos ni quedarnos bloqueados por ellos. Es conveniente que, en ocasiones, optemos por la soledad. De hecho, estar solo/a es beneficioso a nivel psicológico, ya que nos permite encontrar momentos de tranquilidad para pensar en nosotros mismos, determinar cuáles son nuestras necesidades y hacer valoración sobre nuestras vidas. Muchas veces el crecimiento individual necesita de esos periodos de soledad.

En suma, equilibremos los momentos en que nos expresamos y atendemos a otros, y los que dedicamos a pensar, en soledad, en nuestras propias cosas.

¿Miedo a la soledad?

Más que miedo a la soledad en sí misma, lo que muchas personas tienen es miedo a la angustia que la soledad les provoca. La sola idea de no tener pareja o no tener amigos les resulta insufrible y este miedo las lleva muchas veces a permanecer en relaciones dañinas que les hacen sufrir, en las que no se sienten queridas ni valoradas como personas, que incluso les destruyen y que sólo mantienen para no quedarse solos.

En otros casos, el miedo a la soledad nos lleva a no expresar nuestros deseos o necesidades por miedo a ser aislados y rechazados, enterrando en lo más profundo de nosotros mismos nuestro verdadero yo para no enfrentarnos a la soledad, lo que, a la larga, supondrá una gran frustración y amargura para nosotros.


Vencer el miedo a la soledad nos va a proporcionar la oportunidad de desarrollarnos de una manera armónica y global, de tener libertad para expresarnos y de elegir con quién queremos estar. Es por ello que es tan importante enfrentarse a ese miedo.

Pautas para vencer la soledad no deseada.

Compartir vivencias, sentimientos, alegrías y tristezas no sólo hace más llevadera la vida diaria, sino que, vividos en compañía, ya sea sólo de una persona o de cientos, muchos momentos se transforman en especiales y únicos.

Sin embargo, en la actualidad no siempre resulta sencillo encontrar con quien relacionarse. Nuestro modo de vida se ha vuelto más independiente y menos gregario, y crear relaciones sociales no siempre es fácil, especialmente en ocasiones como cuando cambiamos de ciudad, nos separamos, enviudamos o, por cualquier motivo nos separamos de nuestros seres queridos. Es normal en esos momentos sentirnos solos, pero para que ese sentimiento no se transforme en angustioso o depresivo, debemos dar una serie de pasos destinados a combatir la soledad: 

  • Diagnóstico: qué tipo de soledad es la que estamos sufriendo y a qué circunstancias se debe.
  • Conocernos bien. Dejemos a un lado el miedo a mirar dentro de nosotros, y afrontemos la necesidad de saber cómo somos: nuestras ilusiones y deseos, limitaciones y miedos, cómo me ven, cómo me veo…
  • Fuera la timidez. Tomemos la iniciativa para conseguir nuevas relaciones. Establezcamos qué personas nos interesan, y elaboremos una estrategia para contactar con ellas.
  • Sin victimismos. En ocasiones culpamos a los demás (los amigos, la antigua pareja, etc.) de nuestra soledad, pero con ello no encontraremos la motivación necesaria para salir de ese estado. Además, sabemos que el mundo resulta en ocasiones cruel, vulgar y materialista, pero seguro que hay otras personas que pueden estar deseando conocer a alguien como nosotros.
  • Piensa, finalmente, que la soledad tiene un lado positivo, ya que nos ayuda a conocernos mejor y a saber más de nosotros mismos.

¿Te sientes cómodo/a estando solo/a? O, por el contrario, ¿te angustia la idea de la soledad?

Queremos conocer vuestras impresiones, así que no dudéis en compartir vuestros comentarios y opiniones con nosotros.

¡Un saludo!

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